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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica"

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CASA PUBLICADORA BRASILEIRA 

COMENTARIO DE LA LECCIÓN 

I Trimestre de 2008 
"El discipulado" 

Lección 9 

(23 de Febrero al 1 s de Marzo de 2008) 

Siguiendo al Maestro: 
El discipulado en acción 



Dr. Berndt D. Wolter 



El Versículo para Memorízar es poderoso y explica exactamente la condición de un 
discípulo. Quien quisiera esquivar, quien quisiera encontrar algún atajo para pertene- 
cer a Jesús sin pagar el precio de la propia vida, no será discípulo. No pertenecerá al 
grupo de los fieles seguidores de Jesús. Apenas formará parte de la iglesia como insti- 
tución como miembro. 

Pablo expresó su certeza de una manera incuestionable en Filipenses 1:6: "Estoy se- 
guro de que, el que empezó en vosotros la buena obra, la irá perfeccionando hasta el 
día de Jesucristo". 

Cuando tú fracasas, cuando no tomas la guía de Dios en tu vida... Ella se reinicia a 
partir del punto en el que tú te has detenido y continúa guiando tu vida. Cuando tienes 
un momento de resistencia, miedo y confusión y no quieres seguir el camino de Dios, 
El no te saca del camino, sino insiste hasta que, cuando tú lo quieras. Cuando pides 
volver, arrepentido, Dios tiene compasión y está listo a restaurar su influencia en tu vi- 
da. El apóstol Pablo afirmó su certeza de que la obra comenzada había de ser con- 
cluida. En este punto, quiero afirmar categóricamente que, si tú estás leyendo estas 
líneas es porque Dios ya ha iniciado esta buena obra en tu corazón. 

Pablo también afirma, tal como en Filipenses, que "Por eso estoy seguro que ni la 
muerte, ni la vida, ni ángeles, ni demonios, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto ni lo 
profundo, ni ninguna otra cosa creada, nos podrá separar del amor de Dios, que es en 
Cristo Jesús, Señor nuestro" (Romanos 8:28, 29). Nada nos puede separar, y nada 
existe que pueda impedir esta buena obra en nosotros, sino una circunstancia: un per- 
sistente rechazo de nuestra parte, querido hermano y hermana. 

Si tú puedes impedir esta obra, ni Satanás, ni otras personas, cualesquiera que éstas 
sean, ni poderes de cualquier naturaleza, podrán impedir esta obra en tu corazón. Sólo 
tú. 

Existe el pensamiento mágico de que algo sobrenatural tiene que suceder para que, fi- 
nalmente, Dios toque mi vida. Quiero refutar esta manera de pensar supersticiosa que, 
de algún modo, se infiltró en nuestro medio. Deben ser reminiscencias de influencias 
paganas... 



Imagina conmigo la escena del Milenio (Apocalipsis 20). Jesús volvió en gloria (Mateo 
24:30), resucitó a los muertos, trasladó a los vivos (1 Tesalonicenses 4:15, 16), y la tie- 
rra toda ruge en un temblor (2 Pedro 3:10). Del otro lado están todos los que hicieron 
su propia religión, la que era de su gusto personal (aún en nombre de Cristo), junta- 
mente con los incrédulos y opositores directos a Dios. Ellos se disuelven ante la gloria 
del Señor (Apocalipsis 6:1 5-1 7). 

Imagínate llegando al cielo y viendo la multitud de los salvados (Apocalipsis 7:9). Ima- 
gina las vidas siendo pasadas a revisión, siendo examinadas, para ver si Dios actuó de 
manera justa y amorosa a favor de ellas (Apocalipsis 20:1 2). 

Imagina tu propia vida siendo analizada. Allí ves las decenas y centenares de veces en 
que Dios quiso dirigir tu vida, y tú no has querido. Tenías otros planes y otras priorida- 
des. Buscabas honestamente al Señor, pero no querías perder tu vida por causa de 
Jesús y del Evangelio... 

En el vaivén de tu vida espiritual eras participativo y permitías la intervención de Jesús. 
Cuando Jesús pedía crecimiento vigoroso, compromiso, entrega, respuestas a la disci- 
plina y decisión clara, abandono de pecados que estaban obstaculizando tu peregrina- 
je, te entregabas a la dudas y vacilabas. Descuidando las claras órdenes de Dios de 
diversas maneras, no buscaste en su Palabra a quién era Dios, no desarrollaste con- 
fianza en su Guía a través de la revelación, ni cultivaste la presencia de Dios en tu co- 
razón, ni procuraste agradarle. 

Pues bien, probablemente no estarías formando parte del proceso de revisión que ocu- 
rrirá en el Milenio, pero sólo imagínalo... 

¿Cómo te sentirías si te dieras cuenta que, en una escala de 1 a 10, no has desarro- 
llado ni el diez por ciento de aquello que podrías haber desarrollado? ¿Qué pensa- 
mientos vendrían a tu mente al darte cuenta de que tu vida, por lejos, no ha cumplido 
con aquello que Dios había planeado para ti cuando te creó? ¿Cómo te sentirías? 

¿Has perdido alguna vez el transporte que te llevaría a un lugar del que de ninguna 
manera podías ausentarte? ¿Te descuidaste alguna vez tomando la iniciativa de algo 
que después acabó trayéndote un tremendo perjuicio? ¿Aquél sentimiento de no poder 
hacer nada para recuperar algo? 

Hay personas que sólo reaccionan después que el tiempo pasa. Corren atrás y se es- 
fuerzan para recuperar aquello que han perdido. En este caso, el de las oportunidades 
de Dios, habrá un día en el que ya no habrá más nada qué hacer... 

Llegado a este punto, recuerdo a cristianos que viven especulando cuan lejos pueden 
ir en su descuido, sin perder completamente la salvación. ¡Qué matemática macabra! 
¡Qué infeliz negligencia! 

Si el seguir la guía de Dios fuera algo que nos perjudicara, sería comprensible. Pero se 
trata de aquello que cumple una promesa: "Yo he venido para que tengan vida, y para 
que la tengan en abundancia" (Juan 10:10). ¿Quieres esta vida plena? ¿Quieres expe- 
rimentar la acción plena de Dios en tu vida? ¿Quieres experimentar esta vida en abun- 
dancia, con todos los dolores y las alegrías que ella trae consigo? ¡Lánzate en la aven- 



tura de ser un discípulo que quiere agradar el corazón de Dios, con valentía, osadía y 
obediencia amorosa! 



Servicio y discipulado 

¿Conoces aquél dicho que reza "Quien no vive para servir, no sirve para vivir"? Me pa- 
rece muy apropiado para el tema que estamos desarrollando. Pero también es verdad 
que "No se da aquello que no se tiene". Da la nada no sale nada. 

La suegra de Pedro estaba en franca recuperación. Con el corazón lleno por el toque 
de Cristo. 

La única persona capaz de darle significado y propósito a la vida es Cristo. Cuando, en 
la búsqueda de una mayor intimidad con nosotros, Él se revela de manera personal y 
descubrimos la obra que Él quiere que cumplamos en esta tierra, cuando Él nos mues- 
tra nuestra misión, la vida se convierte el algo con doble significado. Las cosas que 
nos suceden, sobre las cuales no tenemos poder, son soportadas con mucho más 
sentido y poder. Las cosas que están en nuestro poder el resolverlas, tenemos mucho 
más coraje y poder para concretarlas. 

Trabajar para Cristo, hacer aquello que coopera con el propósito que Él planeó para 
nuestra vida, nos da poder y fuerzas que antes desconocíamos. 

Por ejemplo, si tú trabajas en un empleo o en algo que no es de tu agrado, las ocho 
horas diarias son un tremendo desafío. Tal como decía un amigo mío: "Cuando termi- 
na mi horario de trabajo pareciera que son las 22 y no las 18". El disgusto de hacer 
aquello que no nos gusta drena la energía de la vida. Gastamos las energías recla- 
mando y forzándonos a hacer lo que no nos gusta. Así, las ocho horas de trabajo son 
tremendamente extenuantes y agotadoras. 

Por el contrario, cuando hacemos algo que nos gusta, no vemos que las horas pasen. 
Logramos trabajar doce horas y todavía nos llevamos trabajo a casa. Una satisfacción, 
unida a una vibrante creatividad toma cuenta de nosotros, y encontramos soluciones 
para las situaciones más difíciles. Recibimos críticas, nos hieren, pero no nos quitan 
nuestra convicción. 

Cuando Cristo es el centro, y cuando lo servimos porque lo amamos, no hay tareas 
demasiado pesadas, ni horas demasiado extensas. 

Pero consideremos el otro lado de la cuestión como un medio de diagnosticar nuestra 
relación con Jesús. Si el trabajo para Cristo es una carga, si no me atrae trabajar para 
Él, si eso no tiene sentido para mí, hay dos cosas que pueden estar sucediendo: 1) 
Amas a Jesús y quieres servirlo, pero no sabes cómo. Y eso porque a) No has descu- 
bierto tus dones espirituales, dados por Dios para tu realización, prolongación de tu fe- 
licidad, dones que generan identidad y son una orientación para encontrarle sentido a 
tu vida, b) Todavía no has descubierto cuál es el plan de Dios para tu vida cuando te 
creó. 2) Tienes que rever tu relación con Jesús, pues el servirlo ya no tiene sentido pa- 
ra ti tal vez porque Jesús ya no tenga sentido en tu vida. Si esta segunda opción fuera 
la verdadera, corres el riesgo de perder la vida eterna. Tu salvación está en juego. 



Entrégale tu corazón y recomienza urgentemente la búsqueda de Jesús. Pronto el ser- 
vicio para Él tendrá sentido nuevamente. 



Jesús y el paralítico 

Los verdaderos discípulos hicieron lo que hicieron no como un fin en sí mismo, ni para 
exaltación o provecho propio, sino para llevar personas a Cristo. 

Notemos esta historia relatada en el libro Doze Homems, Urna missao [Doce hombres; 
Una misión] acerca de la dedicación y la entrega de Juan, el apóstol, en los años de su 
vejez. 

Después de la muerte del tirano Domiciano, Juan volvió de la isla de Patmos a Efe- 
so, y se dirigía, cada vez que se lo solicitaba, a las regiones cercanas, donde orde- 
naba obispos, establecía iglesias enteras, o separaba para el ministerio a aquellos 
que el Espíritu Santo había escogido. 

Habiendo llegado a una ciudad no muy distante, cuyo nombre algunos todavía 
pueden citar. Juan, después de confortar a los hermanos, observó a un joven de 
buena estatura, de aspecto gentil y de mente ardorosa. El apóstol, entonces, vol- 
viéndose hacia el obispo recién ordenado, le dijo: "Le encomiendo este joven, con 
todo celo, en la presencia de la Iglesia y de Cristo". Acercándose al joven, le pro- 
metió muchas cosas y repitió aquellas palabras, antes de retornar a Efeso. 

Así, el anciano, llevando consigo al muchacho que le había sido confiado, lo educó 
y lo sustentó hasta que, finalmente, fue bautizado. Algún tiempo después, sin em- 
bargo, fue relajado en su cuidado y vigilancia, como si el joven, ahora sellado en el 
Señor, ya estuviera completamente seguro. 

Ciertos hombres ociosos y disolutos, familiarizados con toda clase de iniquidad, 
desafortunadamente se unieron al joven, separándolo prematuramente de su rígida 
educación. Al principio, lo llevaron a las diversiones más caras. Luego lo llevaron a 
sus salidas nocturnas, en las cuales se entregaban al desenfreno. Luego fue lleva- 
do a desafíos cada vez mayores y aquél joven, en su espíritu audaz, fue pasando 
gradualmente a acostumbrase a la conducta de sus compañeros tal como un corcel 
indomable que, mordiendo su cabestro, se desvía del camino y se arroja con impe- 
tuosidad al precipicio. 

Renunciando a la salvación de Dios, despreció los pequeños delitos y, entregándo- 
se a grandes transgresiones, se encontró en la ruina y dispuesto a padecerla hasta 
el fin junto a aquellos con quien andaba. Tomando sus compañeros, formó una 
banda, de la cual se convirtió en su líder, puesto que sobrepasaba a todos en 
crueldad y espíritu sanguinario. 



Pasado mucho tiempo. Juan fue nuevamente solicitado a ir hacia aquella región, y 
habiéndose ocupado de los asuntos por los cuales había sido llamado, le pidió a 
aquél anciano: "Devuélveme el depósito que te hice en presencia de la iglesia que 
tú presides". El ministro, al principio, estaba confundido. Pensó que se trataba de la 
cobranza de alguna suma de dinero. Sin embargo, cuando Juan claramente le dijo: 
"Te demando el alma de mi joven hermano", el anciano, gimiendo y en profundo 
llanto, respondió: ¡Está muerto! Y Juan preguntó: ¿Cómo muerto? -Muerto para 
Dios. Se convirtió, al principio, en impío y libertino y, finalmente, en un delincuente. 
Ahora está en la región montañosa en compañía de una banda de hombres seme- 
jantes a él". 

Oyendo estas palabras, el apóstol rasgó sus vestiduras, y golpeándose la cabeza 
con grandes lamentos, pidió: ¡Prepárenme un caballo y que alguien de ustedes me 
conduzca en el camino! 

Juan, cabalgando mucho se alejó de aquella iglesia y, habiendo llegado al campo, 
fue hecho prisionero por los centinelas de los bandidos. El apóstol, sin embargo, no 
llevó a cabo ningún intento de fuga. Tampoco ofreció resistencia a su prisión. Ante- 
s, les dijo: Vine aquí por un motivo. Llévenme ante su capitán". 

El joven, armado, permanecía observando todo. Pero, al identificar a aquél que se 
acercaba, sintió una gran vergüenza e intentó retirarse inmediatamente. El apóstol, 
sin embargo, procurando persuadirlo con toda la fuerza y compasión de su edad, le 
rogó: ¿Por qué huyes, hijo mío? ¿Por qué huyes de tu anciano e indefenso padre? 
Ten piedad de mí, hijo mío, no temas, pues tú todavía tienes esperanza para tu vi- 
da. Intercederá por ti, delante de Cristo. Si es necesario, sufriría por ti la muerte, tal 
como Cristo la sufrió por nosotros. Te entregaría mi propia vida. Tienes que creer 
que Cristo me ha enviado". 

Al escuchar las palabras de Juan, el joven, interrumpiendo su retirada, permaneció 
cabizbajo. Entonces, con los brazos abiertos, lentamente se dirigió hasta el ancia- 
no, con un lamento desgarrador a través del cual expresaba sus súplicas por el 
perdón. Volcado en llanto, el joven fue bautizado por segunda vez en sus lágrimas. 
El anciano apóstol, arrodillándose, empeñó su palabra, asegurándole que verdade- 
ramente había recibido el perdón de sus pecados de manos de Cristo. Tomando su 
mano derecha, como purificada de toda iniquidad, la besó. 

El anciano, llevando al joven consigo, lo condujo de nuevo a la iglesia, sostenién- 
dolo con muchas oraciones y constantes ayunos y ablandando su alma con fre- 
cuente consuelo. Juan, no lo dejó hasta verlo completamente restaurado a la igle- 



Discurso atribuido a Clemente de Alejandría, 

preservado por su contemporáneo Eusebio de Cesárea 

[H/storia Eclesiástica, XXIII, p. 104-107] 



En algún momento, tendremos que decidirnos cómo nos ubicaremos, si con los farise- 
os críticos, o con aquellos que sirven, de las más variadas maneras, para llevar a las 
personas a Cristo. 



"Fuego vine a echar en la tierra" 

Tendemos a pensar que aquello que poco nos ha costado, poco vale. Aquellos que, 
para llegar hasta el trono de la gracia, han tenido que pagar un alto precio, saben el 
valor de aquella perla preciosa de la cual habló Cristo: "También el reino de los cielos 
es semejante a I mercader, que busca buenas perlas. Y al encontrar una perla de gran 
valor, va, vende todo lo que tiene, y la compra" (Mateo 13:45, 46). 

¡Cuántas historias conozco de personas que tuvieron que luchar contra muchos obstá- 
culos y remar fuertemente contra la marea de sus propias familias, para entregar su vi- 
da a Cristo! 

En mi propia experiencia, tuve que enfrentar la oposición de mi padre, de palabras du- 
ras y dolorosas como recompensa de mi decisión. Tuve que prescindir de la presencia 
de mi padre en mi boda, pues él todavía no había logrado aceptar el hecho de mi en- 
trega. Y cuando decidí ser pastor, la casa se vino abajo... 

El dolor del rechazo y la incomprensión me atormentó durante mucho tiempo. Pero las 
lecciones preciosas que extraje de ello me han sostenido cada día de mi experiencia. 
1) Descubrí mi individualidad, mi autonomía. Parece gracioso, pero tuve la sensación 
de que todos necesitarían estar felices y contentos con mi decisión para que yo me 
arriesgara a tomarla. 2) Mi familia carnal jamás dejará de ser mi familia. Pero hay una 
familia que puede ser más cercana que la de sangre, pues compartimos las mismas 
esperanzas. 3) Aprendí que Dios nos sostiene y se revela de manera poderosa en 
nuestros momentos de mayor dificultad, tal como alguien dijo: "Dios susurra a nuestro 
oído por nuestros placeres y grita a nuestro oído por nuestro dolor". 4) Descubrí la va- 
lentía que surge del hecho de andar por la vida de manera que, aún no conociendo el 
camino, sé cuál será el final. 

Tendría decenas de conclusiones y enseñanzas que he extraído de este y otros altos 
precios que he tenido que pagar por mi fe y por mi discipulado, pero prefiero que tú 
descubras el precio y veas el infinito valor que la salvación y el seguir a Cristo tienen 
para ti. 



El valor de nuestras almas 

¡Cuánto miedo tenemos de perder la vida! Una joven de nuestra universidad adventista 
del Brasil (UNASP), me buscó volcada en llanto cuando su novio rompió el noviazgo 
con ella después de tres años de relación. Irritada y decepcionada, me dijo: "He perdi- 
do tres años de mi vida con ese tipo". 

En desacuerdo con ella, le dije: "Querida, no los has perdido, ¡los has ganado!" 

"¿Y qué gané?", preguntó ella. 



"A lo largo de la vida descubrirás las docenas de lecciones que has aprendido y que te 
serán útiles en tus próximas relaciones". 

"¡No quiero otra relación!", dijo visiblemente ofuscada por el dolor de la pérdida. 

Queridos lectores, repito: ¡"El justo vivirá por la fe" (Habacuc 2:4)1 Tan pronto como 
perdemos la perspectiva de nuestro futuro, vienen sobre nosotros sentimientos y pen- 
samientos relacionados con esa pérdida. Las personas que nunca se entregan son 
personas que nunca han tenido un vistazo del futuro que nos está reservado. Las per- 
sonas que tienen una sensación de pérdida cuando le dicen sí a Cristo, necesitan su- 
plicarle la visión del futuro glorioso y buscar entenderlo en la Palabra de Dios. 

Vuelo a presentar la pregunta que figura al final de la lección: ¿Qué tendríamos que 
dejar para seguir a Cristo? Honestamente, ¿mucho? 

Un niño travieso se quedó dentro de un supermercado cuando éste cerró y pasó toda 
la noche cambiando el precio de las mercaderías. A la mañana siguiente, los clientes 
llegaron y, contentos, pasaron por la caja queriendo comprar una heladera por un pre- 
cio irrisorio, mientras otros iban irritados a hablar con el gerente porque tendrían que 
pagar una considerable suma por una barra de chocolate. 

Alguien que no es un mero travieso, sino mucho más malvado, ha cambiado los valo- 
res de nuestra sociedad y ha impreso nuevos valores en nuestra mente. Aquello que 
es valioso para la eternidad lo consideramos como una pérdida, mientras que las co- 
sas pasajeras de este mundo las valoramos por encima de todo. ¿Quién sabe? Quizás 
estemos necesitando reorganizar nuestra escala de valores y aprender a considerar 
valioso aquello que Cristo ve como valioso y despreciar lo que Cristo desprecia. 

"Así, fijamos nuestros ojos, no en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Porque lo que 
se ve es temporal, pero lo que no se ve es eterno" (2 Corintios 4:18). 

El apóstol Pablo consideró como estiércol todo lo que lo apartaba de Cristo: "Y aún 
más, considero todas las cosas como pérdida por el sublime valor de conocer a Cristo 
Jesús, mi Señor. Por Él lo perdí todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo" (Fili- 
penses 3:8). 



"Por tanto, id, y haced discípulos" 

El hacer discípulos... ¡qué obra maravillosa les ha sido confiada a personas tan indig- 
nas como nosotros, pecadores! Pero Dios lo escogió así. Pecadores llamando a peca- 
dores para hallar la solución a su problema. Es como un mendigo que llama a otro pa- 
ra buscar el refrigerio que se ofrece en la iglesia. 

El griego permitiría una traducción como "yendo... hagan discípulos", dando la idea 
que, yendo por el camino, tú puedes ir haciendo discípulos. Compartiendo la vida y el 
trabajo. Agradando a las personas, en la escuela, el vecindario. Jesús actuaba de esa 
manera. 



"El Salvador se mezclaba con los hombres como alguien que deseaba su bien. Les 
manifestaba simpatía, atendía a sus necesidades, y ganaba su confianza. Luego los 
invitaba así: 'Sigúeme'" (El ministerio de curación, p. 133). En este mismo párrafo, Ele- 
na de White también afirma: "Sólo el método de Cristo permitirá éxito en alcanzar al 
pueblo". 

Amigo y amiga, estudia los métodos de Cristo en el libro Servicio cristiano, pp. 142- 
164. Estamos a las orillas de la tierra prometida y no es hora de que nos aferremos a 
nuestras propias ideas y voluntades. Esta es la hora de obedecer a nuestro Maestro, 
en amor y confianza. 

Dr. Berna D. Wolter 

Profesor de Misiología 

Univ. Adventista de San Pablo - Campus 2 

Traducción: Rolando D. Chuquimia 



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